Cuando vives bajo presión constante, tu mente se acelera, tu sueño se fragmenta, tu metabolismo se desordena, acumulas grasa corporal y tu humor se vuelve inestable.
Con el tiempo, eso se traduce en cansancio, irritabilidad, niebla mental y sensación de desborde, incluso enfermedades cardiovasculares.
No es flojera: es un sistema saturado pidiendo equilibrio.